EL MITO DEL EMPRENDEDOR SOLITARIO: GALPERIN, LA BECA DE YPF Y EL ESTADO INVISIBLE QUE FINANCIÓ A MERCADO LIBRE
En el Olimpo del relato libertario, Marcos Galperin ocupa un lugar de privilegio. El fundador de Mercado Libre es presentado diariamente como la encarnación perfecta del hombre hecho a sí mismo: un visionario que, a pura fuerza de voluntad, genialidad individual y desprecio por las regulaciones estatales, construyó la empresa más valiosa del país. Desde su residencia en Uruguay, el empresario suele alimentar esa misma épica a través de sus redes sociales, sintonizando perfectamente con la letanía oficialista que repite que el Estado es un “pedante universal” y que la única libertad económica posible nace de la total ausencia del sector público.
Por la Redacción de IN-FORMADOS

Primero logo de Mercado Libre (1999 – 2000)
Sin embargo, cuando se raspa la pintura del bronce y se revisa la historia con rigor periodístico, la biografía de Galperin revela una paradoja incómoda para el dogma del libre mercado: el ecosistema que le permitió transformarse en el multimillonario que es hoy estuvo, en sus hitos más críticos, financiado, incubado y subsididado por las estructuras del Estado del que hoy reniega.
El trampolín: De la YPF de los noventa al Silicon Valley público
La prehistoria de Mercado Libre nos lleva a mediados de la década de 1990. Tras graduarse en la Universidad de Pensilvania, un joven Galperin ingresó a trabajar en el área de finanzas de YPF. Gobernada entonces por José “Pepe” Estenssoro, la petrolera atravesaba su proceso de privatización menemista, pero conservaba la escala, la posición dominante y los recursos estratégicos acumulados durante siete décadas de monopolio y desarrollo estatal desde su fundación por el general Enrique Mosconi en 1922.
Fue bajo esa estructura corporativa que Galperin accedió a un beneficio extraordinario: una beca financiada por YPF para realizar su Maestría en Administración de Empresas (MBA) en la prestigiosa Universidad de Stanford.
Allí, en las aulas de California, fue donde el argentino diseñó el plan de negocios de Mercado Libre y conoció a John Muse, el inversor de riesgo que aportaría el capital semilla para fundar la compañía en 1999. El relato romántico suele detenerse en el trayecto en auto al aeropuerto donde Galperin sedujo al inversor. Lo que el relato omite es el marco: Stanford y el propio Silicon Valley no son el producto de la generación espontánea del mercado, sino el resultado de miles de millones de dólares en subsidios estatales e investigación militar del gobierno de los Estados Unidos. La red de internet sobre la que corre Mercado Libre, el GPS que localiza sus envíos y los desarrollos tecnológicos de las pantallas táctiles nacieron de laboratorios estatales y presupuestos públicos. Nadie emprende en el vacío.
El subsidio permanente: La Ley de Economía del Conocimiento
La relación simbiótica entre el gigante del comercio electrónico y los fondos públicos no terminó en los años noventa. Lejos de operar en un capitalismo de competencia pura, Mercado Libre ha sido uno de los grandes beneficiarios de los regímenes de promoción estatal en Argentina para consolidarse como el primer “unicornio” del país (así se denomina en la jerga financiera a las empresas tecnológicas que logran superar una valuación de USD 1.000 millones).
A través de las sucesivas modificaciones de la Ley de Software y la actual Ley de Economía del Conocimiento, la empresa de Galperin ha recibido millonarios beneficios fiscales validados por gobiernos de signos políticos diametralmente opuestos. Estas exenciones impositivas —que incluyen reducciones drásticas en los aportes patronales y rebajas de hasta el 60% en el Impuesto a las Ganancias— significan, en la práctica, que el Estado argentino subsidia de forma directa la competitividad laboral de la firma. Solamente en el primer año de vigencia del régimen, el beneficio económico para la empresa superó los miles de millones de pesos; un dinero público que dejó de ingresar a las arcas estatales para engrosar el balance de la compañía.
Análisis de Opinión: La fe libertaria y las autopistas del Estado
Aceptar estos hechos históricos no le quita un ápice de mérito a la capacidad ejecutiva de Galperin ni al valor de Mercado Libre, una plataforma que revolucionó el comercio y la inclusión financiera en una región históricamente postergada. El verdadero problema no es el éxito de la empresa, sino la profunda honestidad intelectual que falta en el discurso político que se construye sobre ella.
El dogma libertario actual opera con la lógica de una religión: repite como oración que el Estado solo asfixia, que destruye el valor y que debe ser reducido a su mínima expresión para permitir que la libertad empresarial se potencie sin límites. Sin embargo, la biografía de sus propios héroes corporativos demuestra todo lo contrario. La relación entre el capital privado y el sector público no es de antagonismo absoluto, sino de una profunda y necesaria simbiosis.
El discurso anti-Estado de los grandes magnates tecnológicos encierra una contradicción flagrante: es la postura de quien maneja un auto de carreras de última generación y se jacta de su velocidad, mientras insulta y exige la demolición de la empresa pública que pavimentó la autopista, puso los guardarraíles y pagó las luminarias para que él pudiera correr sin matarse.
Exigir la desaparición del Estado regulador y protector, después de haber utilizado al Estado incubador y subsidiador para llegar a la cima, no es una defensa de la libertad; es, cuanto menos, una de las tantas formas del egoísmo intelectual. El mito del hombre que se hace completamente solo funciona muy bien para los libros de autoayuda financiera, pero en el mundo real, las grandes fortunas del capitalismo moderno se sientan sobre los hombros de una infraestructura pública que costó generaciones construir. Negarlo es, además de una ingratitud histórica, una peligrosa ceguera política.
Servicio informativo IN-F
