## EDITORIAL: Cuando el equilibrio fiscal nos cuesta el futuro
Detrás de cada planilla de Excel que se celebra en los despachos oficiales como una victoria macroeconómica, hay vidas humanas que se apagan y horizontes que se destruyen en silencio. En los últimos dos años, los argentinos hemos aprendido a la fuerza una lección brutal: cuando el superávit se convierte en el único fin supremo del Estado, el costo de la contabilidad creativa lo pagan los eslabones más débiles de nuestra sociedad.
Por Santiago Martínez
Director Editorial de Diario In-formados

Famoso dibujo del artista santafesino Juan Arancio.
Las estadísticas vitales de nuestro país ya no pueden ocultar el impacto del desmantelamiento sanitario y el ahogo económico. El incremento de la mortalidad en nuestros adultos mayores, la pérdida de cobertura médica de cientos de miles de trabajadores que caen en el desempleo y el doloroso rebote de la mortalidad infantil en las provincias más postergadas no son meros “efectos colaterales”. Son la consecuencia directa de una indiferencia tecnocrática que ha decidido cambiar medicamentos y vacunas por metas fiscales.
Hoy asistimos a un escenario de profunda privatización de la culpa. La narrativa oficial nos repite incansablemente que el endeudamiento familiar o la falta de recursos son fallas individuales de administración, “NO SABEN MANEJAR SUS PROPIOS INGRESOS”, dice un vocero, por ahí. Una estrategia discursiva respaldada por ejércitos digitales dedicados a etiquetar, demonizar y silenciar cualquier reclamo legítimo. Si protestás por el precio de la luz o el remedio de tu abuelo, pasás a ser el enemigo, un “kuka” (y ya sabemos lo que son “los kucas”). De esa manera, el sufrimiento se vuelve invisible y la indignación colectiva se desmoviliza.
El panorama cala hondo, sobre todo cuando miramos a las parejas jóvenes que intentan fundar una vida en común. Familias con hijos pequeños que hoy enfrentan la incertidumbre más absoluta. ¿Hasta dónde puede llegar este deterioro? La escala del desamparo comienza estirando la vestimenta y recortando los útiles escolares, pero el límite más peligroso es la degradación de la mesa familiar. El tránsito de la falta de dinero a la desnutrición y al hambre es una realidad que compromete el desarrollo biológico e irreversible de las nuevas generaciones.
Casi por ironía o cansancio moral, muchos sectores de la clase media-baja y baja sienten hoy que les convendría pasar a vivir en la marginalidad más absoluta, dado que el sistema ya los considera marginados. Ante la retirada explícita de la red de contención estatal, son las redes vecinales, los comedores comunitarios y la solidaridad territorial los únicos que ponen un freno ético al desamparo.
Como periodistas, nuestra premisa irrenunciable debe ser dudar del relato oficial para poder dirigirnos hacia la verdad. Hoy, esa verdad nos exige mirar más allá del blindaje mediático y ponerle rostro a los números. Porque la macroeconomía puede esperar, pero el futuro de nuestros hijos y la dignidad de nuestros viejos no tienen tiempo para esperar a que los números cierren.
Servicio informativo IN-F
