Del “cabarete” de Boca al barro de Olivos: La guerra invisible que Milei ya no puede tapar
La memoria popular argentina atesora aquella histórica frase de Diego Latorre que, en los años 90, definió al convulsionado vestuario de Boca Juniors como un “cabarete”. Egos inflamados, filtraciones interesadas a la prensa y zancadillas en la sombra terminaban dinamitando un plantel que, ante las cámaras, juraba amor eterno a la camiseta. Tres décadas después, la metáfora futbolera encastra a la perfección, pero ya no en la Ribera, sino en el vértice del poder político: la quinta de Olivos.
Por la Redacción de IN-FORMADOS

Imagen tomada de la web
La pax libertaria ha estallado en mil pedazos digitales. El reciente escándalo en torno al “Rufusgate” —donde una cuenta anónima dedicada a erosionar ministros quedó expuesta y vinculada al entorno del presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem— desnudó una realidad que el presidente Javier Milei se esmera en negar de forma casi mesiánica: la guerra interna existe, es encarnizada y se juega con carpetazos de inteligencia y munición gruesa en redes sociales.
El “Diario de Yrigoyen” y el destino de los puros
Durante meses, el relato oficialista intentó instalar la teoría del “Presidente engañado”. Figuras fundacionales de La Libertad Avanza que terminaron eyectadas o silenciadas, sugerían por lo bajo que Milei era presa de un entorno cortesano que utilizaba la adulación como escudo. Sin embargo, la realidad parece más compleja. Más que un líder engañado, lo que se observa es un pragmatismo feroz.
Para gestionar el Estado, el Presidente sacrificó la “pureza” de los leales de la primera hora —con la vicepresidenta Victoria Villarruel como el primer gran ejemplo de autonomía recortada— para recostarse en apellidos con un enorme rodaje en los pasillos del poder tradicional. La definición de “la casta” mutó: ya no es una cuestión de prontuario o apellido, sino de alineación incondicional. Quien jura lealtad absoluta, es purificado; quien osa disentir, es catalogado de “traidor”.
Esa misma lógica explica el blindaje monolítico sobre figuras hoy cuestionadas en la justicia penal, como el Jefe de Gabinete Manuel Adorni. No se trata de una defensa irracional; en la psicología del poder, entregar un alfil bajo presión externa es visto como un síntoma de debilidad. El “efecto dominó” es el gran temor del esquema presidencial.
El equilibrio del terror: Caputo vs. Menem
Hoy, el “vestuario” oficialista se divide en dos polos opuestos que conviven en un auténtico equilibrio de terror:
- El Polo Santiago Caputo: El estratega del “triángulo de hierro” no teme la eyección. Controla los hilos y los fondos reservados de la SIDE y comanda las huestes digitales que blindan el relato oficial minuto a minuto. Es el dueño de la botonera oculta.
- El Polo Martín Menem: Respaldado por el ala política que lidera Karina Milei, el riojano representa la estructura territorial y, fundamentalmente, la llave de la gobernabilidad en un Congreso donde el oficialismo es una minoría extrema.
Cuando las cuentas anónimas del esquema de Caputo y los links asociados a Menem chocaron de frente esta semana, la tregua ficticia se terminó. Milei optó por salir a denunciar una “interna prefabricada por el periodismo”, un intento casi desesperado por mantener cerrado el vestuario.
El costo de la tribuna
En el fútbol, un vestuario roto a lo sumo cuesta un campeonato. En la política real, lo que está en juego es la estabilidad institucional, el manejo de los recursos públicos y el rumbo de un país.
El Presidente opera hoy como un árbitro que intenta ignorar las tarjetas rojas que sus propios jugadores se sacan entre sí en la cancha. Pero cuando el barro del vestuario empieza a salpicar a la tribuna, ya no hay tuit, relato ni épica discursiva que alcance para tapar el olor a interna. El “cabarete” de Olivos ha quedado expuesto, y en este partido, la sociedad es la que mira desde la tribuna esperando los resultados.
Servicio informativo IN-F
