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Descalce en la cima: El anacronismo de romper cuando el mundo ya juega a reparar

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Hay momentos en la historia donde la sincronía política se rompe de una manera tan flagrante que expone las costuras de todo un relato de gobierno. La jornada de ayer quedará registrada en las cancillerías como una postal perfecta del descalce geopolítico argentino: mientras en Washington se desataba una tormenta de pragmatismo brutal en el centro del poder real, en Buenos Aires el presidente Javier Milei se subía a un atril para sobreactuar una cruzada ideológica que sus propios faros globales ya guardaron en el cajón de los trastos viejos.

Por Santiago Martínez

El contraste roza el absurdo de la alta comedia diplomática. El portal Axios acaba de filtrar los detalles de la virulenta llamada telefónica en la que Donald Trump —el espejo en el que le gusta mirarse a la Casa Rosada— zamarreó sin anestesia a Benjamin Netanyahu. “¿Qué carajo estás haciendo? Estás loco” o “Estarías en prisión si no fuera por mí”, fueron algunas de las frases cargadas de insultos con las que el líder norteamericano frenó en seco la avanzada israelí sobre El Líbano.

¿La razón? Estrictamente pragmática: los misiles de “Bibi” en Beirut estaban haciendo naufragar las delicadas y secretas negociaciones de paz que Washington mantiene a paso firme con Irán. Para Trump, la geopolítica no es una epopeya mística; es una fría balanza de costos, beneficios y acuerdos de apuro para colgarse la medalla de pacificador global. El manual actual de la Casa Blanca ya no se llama “romper todo”; ahora se llama “reparar la estabilidad”.

Mientras ese cortocircuito ocurría en la cima del mundo, en el llano de Buenos Aires el presidente argentino discurseaba en el Museo del Holocausto. Con su habitual retórica de absolutos morales, alineamientos ciegos e hilos conductores históricos, Milei volvió a ofrecer una defensa irrestricta de una agenda de confrontación total, presentándose como el último cruzado de un Occidente en guerra.

El problema de estructurar las relaciones exteriores en base a dogmas espirituales es que te quedás sin margen de maniobra cuando tus propios aliados cambian de libreto. La diplomacia argentina corre el serio riesgo de quedar pedaleando en el aire, atrapada en la fase de la demolición cultural, justo cuando los dueños del poder real pasaron a la etapa del control de daños y la Realpolitik.

A nivel doméstico, la terquedad es la misma. El Gobierno insiste en el “modo demolición” permanente —abroquelándose para sostener caprichos como la permanencia del ex-vocero y jefe de Gabinete de ministros, Manuel Adorni o forzando “de prepo” venganzas institucionales como el pliego de la jueza Michelli— sin registrar que la sociedad y sus aliados estratégicos empiezan a demandar previsibilidad, gestión y arquitectura sobre los escombros.

La lección que llega desde Washington es fría y contundente: en la mesa de los grandes, el alineamiento ciego no se premia, se da por descontado. Y si te empecinás en seguir jugando a romper cuando el juego ya cambió y se llama reparar, lo más probable es que termines enterándote último de que el mundo ya está sentado a otra mesa, discutiendo un mapa donde tu discurso de atril ya quedó viejo.

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Santiago Martínez

Periodista y Director de In-Formados

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