Detrás de cada planilla de Excel que se celebra en los despachos oficiales como una victoria macroeconómica, hay vidas humanas que se apagan y horizontes que se destruyen en silencio. En los últimos dos años, los argentinos hemos aprendido a la fuerza una lección brutal: cuando el superávit se convierte en el único fin supremo del Estado, el costo de la contabilidad creativa lo pagan los eslabones más débiles de nuestra sociedad.
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