La servidumbre voluntaria en la era del “Sálvese quien pueda”
En el vasto océano de las redes sociales, donde abundan la banalidad y el ruido, de vez en cuando emerge una botella al mar con un mensaje que obliga a detener la marcha. En los últimos días, un lúcido ensayo firmado por una autora digital llamada Juliett Gutiérrez comenzó a viralizarse con fuerza. El texto plantea una pregunta incómoda que cala hondo en el escenario político actual: ¿Cómo es posible que el ciudadano de a pie, el más vulnerable, salga a defender a muerte los intereses de una élite que lo oprime? ¿En qué momento nos desviamos tanto para que el desprotegido proteja a su propio verdugo?
Por Redacción IN-FORMADOS

Este fenómeno, que a primera vista parece una novedad de la era de los algoritmos, nos remite en realidad a una vieja paradoja humana. Ya en el siglo XVI, el filósofo francés Étienne de La Boétie escribía sobre la “servidumbre voluntaria”, asombrado de cómo millones de hombres entregaban su libertad a un tirano no por la fuerza de las armas, sino por la colonización de sus mentes. Hoy, esa manipulación ha perfeccionado sus métodos, operando a través de la Matrix aspiracional: el ciudadano ya no defiende lo que es; defiende lo que le gustaría ser. No protege sus intereses reales; protege una promesa de éxito ajena.
La mutación del “para qué”: De evitar la unión a destruir el lazo
Sin embargo, para entender el impacto total de este mecanismo en la actualidad, es necesario analizar el cambio de estrategia que el poder ha implementado en las últimas décadas.
En el pasado, durante el siglo XX, la obsesión de las clases altas y de los sectores concentrados de la economía era evitar la sindicalización y la organización de las clases bajas. El poder temía a la masa unida por rubro, consciente de sus derechos y con capacidad de negociación colectiva. El objetivo era frenar la creación de estructuras comunitarias.
Hoy, el “para qué” ha mutado hacia algo mucho más perverso. Las élites ya no necesitan desgastarse prohibiendo los sindicatos o persiguiendo la organización obrera; les resulta infinitamente más eficaz dividir y atomizar a las clases bajas desde adentro. La meta actual es desmantelar el tejido social que históricamente nucleó a los trabajadores para instalar, con fuerza de dogma, la premisa del “Sálvese quien pueda” por encima del histórico “Nadie se salva solo”.
El espejismo del “Emprendedor de sí mismo”
Para dinamitar la solidaridad colectiva, el relato oficial ha glorificado el individualismo extremo disfrazado de libertad. Al trabajador precarizado, al que vive de la informalidad o de una plataforma digital, se le inocula la idea de que es un “microempresario autónomo”. Bajo esta narrativa, las redes de apoyo mutuo, las leyes laborales y la seguridad social ya no se presentan como conquistas históricas, sino como “trabas” que atentan contra su progreso individual.
El éxito de esta estrategia es rotundo y alarmante. Al romper la identidad de grupo, el poder logra que el ciudadano vulnerable deje de mirar hacia la cima para exigir justicia distributiva, y comience a mirar hacia los costados con desconfianza. El compañero de rubro ya no es un hermano de causa; es un competidor directo. El desclasamiento es tal que hombres y mujeres que apenas logran sostener su economía diaria terminan militando activamente la quita de sus propios derechos, convencidos de que la fortuna de unos pocos es sinónimo de superioridad moral o sabiduría de gestión.
El millonario no necesita que quien no llega a fin de mes libre batallas ideológicas en su nombre. Las corporaciones no necesitan mártires espontáneos. Cuando esto sucede, estamos ante la mayor victoria cultural del poder: haber convertido el desarraigo y la desprotección en una consigna aplaudida por las propias víctimas.
Recuperar la soberanía individual
Votar bajo coerción o elegir entre “el menos peor” dentro de una oferta política vaciada de representatividad es solo la superficie del problema. La verdadera pérdida de soberanía ocurre cuando entregamos el control de nuestra percepción a las narrativas del miedo y la opulencia.
Cuando una sociedad deja de observar su realidad cotidiana (el bolsillo, la escuela de los hijos, la salud pública) y empieza a vivir a través de la fantasía del poderoso, la dominación se vuelve perfecta porque no requiere cadenas visibles. Frente a la corriente psicológica del aislamiento individualista, recuperar la empatía, volver a mirar al que está al lado y entender que el destino de un pueblo siempre es colectivo, vuelve a ser —como en las épocas más oscuras— el primer y más urgente acto de resistencia.
Servicio informativo IN-F
