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“¡Keynes es un estafador!”, dijo Milei. Ni sombra a aquella amistad y admiración mutua entre Keynes y Hayek

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Por: Redacción In-formados

En un nuevo episodio de su ya habitual “cruzada contra el pasado”, el presidente Javier Milei volvió a elegir el estrado de la Fundación Libertad para descargar una virulencia dialéctica que, por su intensidad, parece trascender lo técnico para entrar en lo personal. Con la misma estética y énfasis con que se presentó ante el círculo rojo, Milei arremetió contra la figura de John Maynard Keynes, tildándolo de “estafador” y de ser el responsable de un “modelo criminal” que, según su visión, solo sirve para alimentar a la “casta política”.

Imagen creada con IA

Sin embargo, detrás de los adjetivos de trazo grueso, surge una pregunta necesaria para cualquier analista: ¿Es la descalificación el camino hacia la verdad económica, o es apenas un escudo para evitar el debate de ideas?

El insulto como herramienta

En su discurso, Milei no ahorró epítetos. Se refirió a las ideas keynesianas como “basura” y acusó al economista británico de haberle dado a los políticos “las herramientas para robarnos el futuro” a través de la emisión y el gasto público. Esta agresión, señalada recientemente por periodistas como Jairo Straccia y Ernesto Tenembaum, en sus respectivos programas y medios radiales, marca un contraste absoluto con la historia real de la economía. Milei parece ignorar que aquellos que construyeron las teorías que él hoy defiende, jamás habrían tratado así a sus oponentes.


Dos cunas, dos visiones: La libertad frente al control

Para entender por qué Keynes y Hayek pensaban tan distinto, hay que mirar dónde se formaron. Sus teorías no nacieron en el vacío, sino como respuesta a sus entornos. Ellos “fueron ellos y sus circunstancias”:

  • Keynes y la seguridad de Cambridge: John Maynard Keynes se formó en la Inglaterra de principios del siglo XX. Era un hijo de la élite intelectual británica, viviendo en una sociedad que no conocía el control estatal asfixiante ni el colapso institucional. Para él, el Estado no era un monstruo, sino una herramienta técnica que, bien utilizada, podía salvar al capitalismo de sus propios excesos (como ocurrió tras la crisis del 30). Su teoría nació para “arreglar” un sistema que él amaba.
  • Hayek y el trauma austríaco: Friedrich Hayek, por el contrario, teorizó desde una Viena que había visto cómo el Imperio Austro-Húngaro se desmoronaba y cómo el hipercontrol estatal derivaba en el nazismo y el autoritarismo. Para Hayek, cualquier mínima intervención del Estado era “el camino de servidumbre”. Su miedo era real y fundado: él había visto al Estado destruir sociedades.


El techo de Cambridge: Donde el odio no existía

Lo que Milei parece olvidar en sus ataques es que, a pesar de estas diferencias de origen tan marcadas, Keynes y Hayek eran amigos. En el momento más oscuro de la humanidad, durante la Segunda Guerra Mundial, Keynes no insultó a Hayek por pensar distinto; lo protegió.

Fue Keynes quien le consiguió a Hayek un lugar seguro en el King’s College de Cambridge para que pudiera seguir escribiendo. Hay un relato que hoy suena a ciencia ficción: ambos pasaban las noches en el techo del colegio, haciendo guardia contra los bombardeos alemanes. Mientras el cielo de Londres se incendiaba, los dos economistas más influyentes del siglo discutían de teoría con una elegancia y un respeto mutuo inquebrantables. Keynes llegó a decirle a Hayek que su libro contra el Estado era “un gran libro”, aunque técnicamente no estuviera de acuerdo.

¿Soberbia o Ciencia?

Cuando el actual presidente argentino insulta a Keynes, no está haciendo ciencia económica; está haciendo proselitismo del odio. La historia nos enseña que la verdad no se encuentra en la soberbia de pretender ser el único dueño de la razón, sino en la capacidad de debatir en un techo mientras caen las bombas.

En In-formados, nos permitimos dudar de quien necesita gritar para tener razón. El progreso humano, como demostraron Keynes y Hayek, nace del respeto intelectual, un insumo que hoy parece escasear tanto como la estabilidad misma.


Nota del Editor: ¿Es posible que la vehemencia actual sea el resultado de un trauma académico convertido en dogma? ¿Qué te pasó en la vida, presidente? Mañana podríamos analizar la “conversión” de Milei, o no…

… Pero de algo podemos estar seguros, el escepticismo es hoy más necesario que nunca, porque la verdad sin debate, no es verdad. Ésta surge del choque de ideas brillantes y las mismas, pueden ser hasta antagónicas y aún así, revelarán la verdad que deba revelarse.

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Santiago Martínez

Periodista y Director de In-Formados

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