La Escalera Eterna y el Abismo: 80 Años de una Argentina en Pendiente
Editorial In-formados
Por Santiago Martínez
Hace décadas, la historia política argentina parece haber quedado atrapada en una arquitectura de poder diseñada para el movimiento, pero no para el avance. Si observamos las últimas ocho décadas, no vemos una línea recta hacia el desarrollo, sino un péndulo que oscila entre dos formas de entender la vulnerabilidad social, ambas con resultados igual de estériles para el ciudadano que intenta subir.

Imagen simple que ilustra y sirve para comprender la Editorial, creada con IA
Por un lado, el modelo del asistencialismo crónico, perfeccionado en las últimas décadas por el “perokirchnerismo”. Es la imagen de una escalera que parece sólida, pero cuyo mecanismo está diseñado para estirarse indefinidamente. El estado entrega el peldaño, pero también maneja la polea que aleja la meta. El “pobre” escala, se esfuerza y agradece el soporte, sin advertir que el sistema necesita que él permanezca en la escalera para justificar la existencia de quien sostiene la cuerda. Es la permanencia como fin, la ayuda que no emancipa, sino que encadena al esfuerzo estéril.
En el otro extremo, el péndulo nos arroja hacia la frialdad del liberalismo a ultranza o las nuevas corrientes anarcocapitalistas. Aquí, la retórica cambia drásticamente: se habla de autonomía y libertad, pero el acto político consiste en soltar la escalera. Bajo la premisa de que “cada uno es arquitecto de su propio destino”, se ignora que no hay ascenso posible cuando el vacío se abre bajo los pies de los más postergados. Si el modelo anterior ofrecía una ilusión de ascenso, este ofrece una realidad de caída.
Son, en definitiva, las dos caras de una misma moneda de frustración nacional. Una nos propone caminar sin llegar nunca; la otra, soltarnos para caer al abismo.
A 80 años de aquel inicio, quizás el desafío periodístico y social no sea encontrar una “fórmula mágica”, sino empezar a exigir una escalera de altura fija. Una que no dependa de la manivela de un burócrata ni de las tijeras de un ideólogo. Una estructura de madera firme —educación, trabajo genuino y estabilidad— que permita que, por primera vez en mucho tiempo, el esfuerzo del argentino lo lleve finalmente a tierra firme.
