¿Tenemos, en verdad, independencia de pensamiento o los algoritmos nos conducen a los pensamientos que el mercado quiere?
En el diseño de software existe una premisa implícita: el código nunca es neutral. Responde, siempre, a los objetivos de quien paga por su escritura. Durante años, las grandes corporaciones de Silicon Valley han defendido la idea de que sus plataformas son meros “espejos” de la sociedad, vehículos libres donde los ciudadanos interactúan sin intermediarios. Sin embargo, la evidencia científica y la propia experiencia de los usuarios demuestran lo contrario. Las redes sociales no son plazas públicas; son economías de la atención hiperoptimistas, regidas por algoritmos programados para facturar a costa de nuestra estabilidad cognitiva y, lo que es más grave, vulnerables a la manipulación humana.
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